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Día musical el de hoy. Día musical que se suma a un mes musical, a un año musical… Desde que estoy en Madrid, gente maravillosa como @hayduca, @carsoria, @lseoane, o @EnriqueGonzalo han contribuido a ampliar hasta el infinito y más allá mis horizontes musicales que, debo reconocer, estaban un tanto anquilosados en el Heavy Metal más ortodoxo.

De llenar mi cabeza de partituras con las que cabalgar a galope tendido con una espada bastarda reglamentaria en la mano, he pasado a escuchar con avidez jazz, funk, rock clásico de los 60 y 70, soul, swing, indie y hasta flamenco. El catalizador de toda esa cultura han sido, como no, las redes sociales (con Twitter a la cabeza) y una aplicación que arranca con mi ordenador y ya no se apaga en todo el día, Spotify.

El paso de los años ha moderado mucho mi opinión sobre la piratería. Debo reconocer que, en mis tiempos mozos, era de esos que descargaban y copiaban teras y teras de música, películas y series. Adicto al eMule, y devoto asistente a macroeventos de pirateo (porque, desengañaos, eso es lo que son, para muchos) como la Euskal o la Campus.

Cosas de la adolescencia, que nos da por acumular archivos como las ardillas acumulan nueces en invierno. Ahora, con algunas canas más, ya no considero la piratería como algo tan deseable. El modelo de negocio de la industria cultural tradicional (musical, sobre todo) me sigue pareciendo aberrante, primitivo, arribista, trepa e injusto pero, afortunadamente, ahora ya hay herramientas que permiten compartir música de forma legal y, poco a poco, beneficiosa para crear un nuevo modelo de negocio. En otras palabras, ya no hay excusa para seguir pirateando.

Spotify es una de esas herramientas, que no la única. Gracias a este invento sueco, cualquier internauta puede acceder legalmente a cientos de miles de temas de diverso pelaje, desde el suave visón de Ella Fitzgerald, hasta las bastas pero desgraciadamente populares crines de burrezno de Bustamante. No queda otra que admitir la diversidad como algo positivo aunque, si por el pequeño dictador que llevo dentro fuera, prohibiría el reggaeton, el chunta-chunta y la música latina bajo pena de prisión preventiva en un Guantánamo cultural levantado ad-hoc para todos los canis y gente de mal gusto del país.

Tras unos comienzos difíciles en los que abundaban las versiones chuscas y faltaban grupos ineludibles como Los Beatles o Metállica, poco a poco Spotify se ha ido convirtiendo en referencia dentro de los programas de música en streaming. ¿Para qué quieres poseer copias digitales de música cuando tienes toda la del mundo en una nube? El acceso desde Facebook ha mejorado el programa aún más. Eso por no hablar de la posibilidad de escuchar la música de Spotify desde el móvil.

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Empero, para acceder a Spotify desde el móvil hay que hacerse premium, suscripción que, de paso, elimina los infumables anuncios que la compañía intercala entre canción y canción. Hacerse premium cuesta 5 o 10 euros, lo que viene a ser el precio de un cubata de garrafón o un menú de comida basura en el Burrikin. Pese a lo ajustado del precio, descubro con consternación que ya hay más de un retrasado mental que ha encontrado la manera de acceder al servicio Premium por el morro, o sea, hackeando el programa. Leo, en algunos blogs y foros, triunfantes posts con frases como esta:

“Después de pensármelo mucho, decidí que lo mejor sería conseguir una cuenta Premium, pero claro, no quería gastarme el dinero! Así que busqué por internet métodos para lograrlo…”

Como digo, estoy relativamente a favor (o relatívamente en contra, según se mire) del hacking y la piratería. Entiendo que un chaval que no tiene 1.000 euros en el bolsillo piratee el Photoshop para aprender a manejarlo porque le gusta el retoque fotográfico. No entiendo que un profesional del diseño gráfico que se gana la vida con el Photoshop piratee la herramienta para lucrarse con ella. Lo que ya me parece del género idiota es que alguien pueda querer piratear un servicio por el que se consigue toda la música del mundo por diez cochinos euros al mes.

Queridos señores y señoras morrez y abanderados del todo gratis, con estas cosas lo único que conseguís es, por un lado, perjudicar a Spotify, que es una empresa honesta que intenta ganarse la vida ofreciendo un servicio estupendo y asequible para cualquiera que no viva en la calle. Por otro, no hacéis más que dar la razón al enemigo, a las entidades de gestión de derechos de autor y demás garrapatas culturales que intentan que cale la idea de que los internautas somos todos unos jetas indocumentados que queremos todo grátis y, si no es grátis, lo robamos.

Llegados a este punto, cierro este post con un sencillo llamamiento: ¡Haceos premium, cojones¡ Mi recomendación es Spotify, pero podeis elegir cualquier otro medio. Haceos premium por vuestro propio bién y el de la cultura musical, por la gente que hace posible que exista Spotify, por los artistas, por la música pero, sobre todo, para demostrarles a esos sinverguenzas de las discográficas y de los CDs que su modelo huele a muerto desde hace años y que se equivocan respecto a la distribución digital. Si no sois capaces de reconocer que 10 euros a cambio de toda la música del mundo es poco dinero, es que estáis podridos por dentro.

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Esta entrada tiene 2 comentarios.

  1. Sabes que estoy completamente de acuerdo con lo que comentas.

    Los músicos son trabajadores, unos más que otros, pero trabajadores al fin y al cabo. Que su trabajo sea algo cojonudo no da derecho a nadie a robárselo, y lo de hackear Spotify ya me parece la peor mierda que me puedo echar a la cara en este terreno.

    La piratería es robar. Así de sencillo. Los artistas tienen que poder ganar dinero con lo que hacen (discográficas aparte, aunque el marketing también tiene su importancia), o dejarán de hacerlo.

    Uno de los argumentos más repetidos para defender el robo es el mito de que la cultura debe ser universal. Esto es una patraña (deseable, sí, pero patraña al fin y al cabo) comparable a “chalets con piscina para todos” o “Ferraris en el Lidl ya”. Existen bibliotecas, videotecas, etc. , para el que necesite o prefiera tenerla gratis. Para el resto, es el artista el que decide si quiere o no cobrarlo. Si no quiere, bien. Si quiere, hay que pagarlo como cualquier otra cosa.

    Si la cultura es tan importante como para que deseemos dotarla de una condición de universalidad, hay que pensar un poquito en que la gente que la produce suele estar universalmente hambrienta todos los días si no obtiene recompensa.

    Por otro lado, y ya que la vía de la educación está más que perdida (esto sí que es un escándalo), entiendo que se opte por la vía coercitiva: si robas, lo pagas. Qué bonito hubiera sido entender esto desde el principio…

    En fin, paro ya que se me calientan las huellas dactilares. Por cierto, me uno al desprecio absoluto hacia las sociedades de gestión de derechos y su forma de proceder en la práctica totalidad de sus actividades. De intermediarios está el mundo lleno, pero es que estos encima tienen derecho de pernada.

    Un abrazo,

    Jim

  2. Bitxus
    23 Jul 10 14:39

    Completamente de acuerdo. Me siento totalmente identificada con tu trayectoria “pirata”, excepto por lo del heavy metal. En todo caso, también pienso que otros modelos de negocio son posibles y sostenibles, ésos que permitirán que no se enriquezcan sólo los intermediarios, que los autores puedan seguir siéndolo y que internet sea “el canal de distribución” de la cultura. Viva Spotify!

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