
Erase una vez un pueblo llamado España aunque, en realidad, podría tener cualquier otro nombre. Los pueblos, estén donde estén, tienen la particularidad de funcionar de manera muy parecida. En la jovial aldea de España vivían un grupo de individuos que vendían fruta. No la cultivaban, ni la plantaban, ni la recogían. Estos tipos, sencillamente se encargaban de que los artistas hortofrutícolas les suministraran fruta. Ellos mandaban cultivarla y también recogerla. Después la mandaban envolver con papel maché, la metían en cajas de colores y, por fin, la vendían en sus puestos del mercado.
Con el tiempo, estos individuos hicieron mucho dinero y la gente comenzó a referirse a ellos como “la industria frutográfica”. Como todo lobby que se precie, a medida que crecieron, fueron camelando a los alcaldes del pueblo. Se hicieron amigos de los hombres poderosos de la aldea y se aseguraron ser los únicos que podían vender fruta.
Si algún artista fruticultor intentaba ignorarlos y vender fruta por su cuenta, en seguida era tachado de underground y de contracultural. El agricultor rebelde pronto era marginado y los de la industria frutográfica, con sus amigos los alcaldes, ponían al pobre diablo todas las dificultades posibles para vender sus exóticas frutas.
Felices y contentos, cada año, los tipos de la industria frutográfica aprovechaban las modas para cultivar frutas de laboratorio, unos injertos artificiales que sabían a ojete. Pero los consumidores, que suelen tener poco criterio y se dejan llevar por todo lo que les pongan en la tele, compraban extasiados el pepino Pispal (que producía cagalera), el melón Zustamante (soso, indigesto y deprimente) o las insípidas fresas PUPA Dance, que producían urticaria de puro repugnantes.
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para variar, no esta escrito por un ingeniero informatico, sino por un tipo corriente que no consigue
que este apartado reconozca las putas tildes.